Ciencia sin barreras - Bibliotecas Digitales en la Universidad de Buenos Aires

En el marco de la inauguración de la Biblioteca Digital de la UBA, un panel de investigadores y especialistas en el tema reflexionaron acerca de los problemas e inequidades que presentan las actuales vías de comunicación del conocimiento y de la necesidad de avanzar con la iniciativa de Archivos Abiertos que promueve la disponibilidad, libre y gratuita, de toda la literatura científica.

Por Gabriel Rocca

 

Desde hace más de un siglo la difusión, circulación y el acceso a la producción científica se encuentran enfrascados en una situación paradójica. Los investigadores envían los resultados de sus trabajos para que sean publicados por revistas especializadas, las cuales no abonan nada por esos papers. Tampoco les significa erogación alguna la tarea de evaluación de pares que realizan otros científicos. Sin embargo, las universidades y demás institutos que sustentan esas investigaciones, a través de salarios, subsidios, infraestructura y demás, se ven obligados a pagar suscripciones a esas mismas editoriales para acceder al conocimiento que ellos financian.

Este escenario se agravó en los últimos años a causa de un fuerte proceso de concentración del mercado editorial que provocó un importante incremento en el valor de las suscripciones. A esto se suma el hecho de que la mayoría de las instituciones para conocer en detalle su propia producción científica terminan recurriendo a bases de datos que también cobran un canon para ser utilizadas (ver Cable Nro. 738).

Frente a este panorama preocupante, la comunidad académica internacional respondió con la creación del movimiento de Archivos Abiertos, cuya primera declaración se produjo en 2002, que propone el acceso libre, inmediato e irrestricto a todo material digital, educativo y académico, principalmente artículos de investigación científica de revistas especializadas. Para eso impulsa el desarrollo de repositorios institucionales y revistas que no tengan costo alguno para los lectores.

En esa línea ya se puso en funcionamiento la Biblioteca Digital de la Facultad, el primer paso de Exactas que avanza hacia los postulados de la iniciativa Archivos Abiertos (ver recuadro). Durante el acto de inauguración la coordinadora ejecutiva de la Biblioteca Virtual de CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales), Dominique Babini, el químico y fundador del INQUIMAE, Roberto Fernández Prini y el biólogo molecular Alberto Kornblihtt expusieron sus puntos de vista sobre esta temática.

Siempre paga alguien

El primero en tomar la palabra fue Alberto Kornblihtt, quien señaló que en el mundo de la biomedicina la publicación es muy profusa y de gran inmediatez, lo que obliga a estar muy actualizado porque los trabajos van siendo superados semana a semana. Y explicó que en ese ámbito la iniciativa de Archivos Abiertos se concentra en un grupo de revistas llamadas PLoS (Public Library of Science), que tuvieron un impacto tan fuerte que obligaron a otras editoriales a modificar sus procedimientos de publicación.

Sin embargo, Kornblihtt aseguró que, de una u otro manera, siempre alguien debe pagar el costo y que en el caso de estas revistas, éste se trasladó del lector al investigador. “Si hablamos de PLoS para que un trabajo tenga acceso abierto los autores tienen que pagar 2.300 dólares. Es cierto que si un autor no dispone de fondos ellos igual lo publican, pero son excepciones”, aclara.

De acuerdo con el biólogo molecular, una segunda opción está dada por la firma de acuerdos entre editoriales e instituciones que financian la investigación. En este caso es la institución la que paga para garantizar que todos los científicos que accedieron a un subsidio puedan publicar en un repositorio de acceso libre. Tal es el caso de los National Institutes of Health (NIH), de Estados Unidos, y el repositorio PubMed. “Ahí es la institución la que paga el libre acceso y no el autor”, describe.

La tercera alternativa es un programa establecido por la OMS, que se llama HINARI, y facilita el acceso a extensas colecciones de revistas biomédicas a institutos de salud de 109 países pobres. Para naciones con un PBI per cápita inferior a los 1250 dólares las consultas son libres. Si el indicador se ubica entre los 1250 y los 3500 dólares se establece un valor muy bajo para el acceso.

Para Kornblihtt, el avance de la iniciativa de acceso abierto ha logrado presionar de manera efectiva sobre las editoriales provocando modificaciones en sus políticas comerciales. Así, en muchos casos las revistas por suscripción se comprometen a dar el status de acceso abierto a los artículos transcurrido el primer año de su publicación. “De todas maneras, en nuestra área, esto sigue siendo demasiado restrictivo”, se queja.

Finalmente, Kornblihtt sostuvo que la posibilidad de conectarse al mundo a través de Internet y de acceder a las publicaciones científicas a través de la web ha sido un factor fundamental en la mejora del nivel de la investigación argentina en la última década. “Esto ha transformando nuestra conexión con el mundo y esa conexión hace que, a veces, si uno no tiene acceso abierto al trabajo que quiere consultar, le manda un mail al autor y el autor le manda el PDF. Cosa que está prohibida pero que es absolutamente legal”, cerró con cierta picardía.

“Cartoon papers”

A su turno, Fernández Prini luego de manifestar su total acuerdo con el movimiento de Acceso Libre, destacó una paradoja actual. “Estamos en un momento en que todos los países y todas las personas se llenan la boca diciendo que es la era del conocimiento, que el conocimiento constituye una gran riqueza y que su desarrollo resulta clave para construir un futuro mejor. Sin embargo, al mismo tiempo, el propio conocimiento se transformó en un bien escaso y caro. Efecto, entre otras cosas, de la concentración del mercado editorial”. En el ámbito de la química, según relató Fernández Prini, las revistas entregan a los autores unos cincuenta PDF para que reparta de manera gratuita. “Ciertamente esto dista de ser un acceso irrestricto”.

En relación con la forma en la que el acceso abierto está avanzando en el mundo desarrollado, el científico destacó que a los investigadores de nuestro país, con los montos habituales que reciben como subsidios de la UBA o del Conicet, les resulta muy difícil abonar novecientos, dos mil o tres mil dólares para costear el acceso abierto. “El problema, a mi juicio, no está resuelto en absoluto todavía”.

Posteriormente, Prini manifestó su desagrado por el hecho de que, dadas las características actuales del negocio editorial, el mercadeo determina en buena medida la publicación de un trabajo. “Nosotros los llamamos peyorativamente cartoon papers. Tienen hermosos dibujitos realizados en computadoras pero no siempre la ciencia que hay detrás de ellos es la mejor”. Y agregó, “como referí de muchas revistas de mi área me encuentro muchas veces con que si alguien quiere reproducir o enterarse, en detalle, del experimento no tiene manera de hacerlo porque las citas están confundidas”.

Por último Prini destacó que en el proyecto PLoS se lleve a cabo una evaluación por pares de los trabajos que se publican. “Una cosa terrible es que los papers que se entregan en los repositorios no tengan una valoración porque la cantidad de trabajos es tan grande que uno queda inundado. De allí que el hecho de que haya algún tipo de calificación resulta muy importante”.

Volver a casa

Dominique Babini comenzó la última intervención proponiendo como título para su exposición “volver a casa”, que en este contexto significa que la producción científica de la universidad se encuentre en la universidad. “Los movimientos de acceso libre tenemos que hacer lo mismo que el mercado que se apropió del conocimiento. Tenemos que apropiarnos de la propia producción y presionar para lograr que se mantenga en la institución”. Con más de una década de experiencia en el desarrollo del repositorio digital de CLACSO, Babini explicó que actualmente cuentan con 22 mil textos pertenecientes a los 260 centros que integran el Consejo. El sitio recibe alrededor de siete millones y medio de bajadas por año y el 95 por ciento de esas visitas llegan a través de Google y Yahoo.

En cuanto a las acciones más eficaces para que esos textos llegaran al repositorio, Babini las resumió de la siguiente manera: “promocionar, promocionar y promocionar”. Habló de la necesidad de contactarse con doctorandos, de difundir cada mes los nuevos trabajos que se suben a la biblioteca. “Todos sabemos que somos envidiosos y copiones. Si otro sube sus textos y tiene muchas bajadas, nosotros queremos que pase lo mismo con nuestra propia publicación”, bromeó.

Para Babini dado el enorme cúmulo de trabajos digitales que se producen anualmente existe sólo una manera de que este tipo de emprendimientos sea sustentable: que el propio autor sea el que archive sus trabajos. “Cuando empezamos hace doce años habían muy pocos textos digitales, ahora no hay nada que no sea digital. Ninguna biblioteca va a tener jamás el presupuesto para procesar toda la producción. Entonces la única posibilidad es el autoarchivo. Además necesitamos mandatos institucionales que exijan el autoarchivo de la producción y recursos para darle soporte técnico”.

En referencia al tema legal, la investigadora pronosticó próximos cambios en los derechos de autor en la legislación de Estados Unidos. “El año pasado el Instituto Nacional de Salud aprobó que toda investigación pública financiada con fondos públicos del NIH, puede tener un embargo máximo de un año. Cumplido ese plazo tiene que ser depositado en un repositorio de acceso abierto. Con esa iniciativa como antecedente, demócratas y republicanos están presentando una petición para que todo trabajo financiado por alguna las once agencias principales de investigación del país deba estar en acceso abierto con un embargo máximo de un año. Eso está en debate. Obama lo apoya y es probable que se apruebe en 2010”.

En América Latina, por el momento, el único país que tiene un proyecto de ley es Brasil. Fue presentado en 2007 y se encuentra en debate. En Argentina a partir del año pasado el Ministerio de Ciencia abrió una instancia de coordinación entre todos los repositorios institucionales del país. “Lo que falta es financiamiento. Las universidades tienen que tener fondos para generar el sistema de autoarchivo y para permitir la interoperabilidad entre los distintos repositorios digitales”, concluyó Babini.

A consultar

 La Biblioteca Digital ya se encuentra on line (http://digital.bl.fcen.uba.ar) y, por el momento, se pueden consultar cuatro colecciones:

- Tesis doctorales: incluye 35 trabajos aprobados por la Facultad.

-Actas y memorias: reúne las actas del Consejo Directivo del período 1957/61 y las memorias de los años 1950 a 1952, 1960 a 1963, 1979 a 1980 y 1983.

- Publicaciones: abarca 257 números de el Cable Semanal, entre 1989 y 1999; once números de la revista Exactamente, del 2002 al 2009; y nueve ediciones de La Ménsula, la publicación del Programa de Historia de la Facultad.

- Fotografías: 136 imágenes relacionadas con la historia de la institución que incluyen acontecimientos, personajes y espacios edilicios.

Fuente: El Cable Nro. 741